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jueves, 15 de noviembre de 2018

OPINIÓN - Libros al viento... o de cómo ser hipócrita con las donaciones

Día con día surgen campañas para promover la lectura entre los jóvenes, adultos jóvenes y  niños; fuera de ese espectro lector no hay más. Digo esto porque, los adultos mayores y los de mediana edad han adquirido el hábito de lectura y son asiduos practicantes de ella, o sencillamente no se enteran de nada; reza el refrán que "loro viejo no aprende a hablar", y enseñarle a leer a un adulto de mediana edad resulta en una mayor pérdida de tiempo.



Aunque estos adultos leyeran ocasionalmente, sírvase el lector de aceptar la comparación que haré a continuación: «yo veo al lector como al atleta deportivo; un triatleta no lo será tan solo porque ocasionalmente sale a trotar, ocasionalmente se mete a la piscina a chapotear, y ocasionalmente se decide a inflar las llantas de su bicicleta para dar un paseo. O se es constante, se adquiere condición y se participa o no se es atleta.»

De estas campañas para promover la lectura que distintos colectivos artísticos, culturales o educativos promueven con el afán de reducir la ignorancia y el dolor de la vida al mundo; surge la muy popular jornada para promover la donación de libros.

Ya sea en un espacio público o privado con miras a distribuirlos entre población pobre y de escaso acceso a materiales de lectura, o a cualquier lector que sin importar su estrato social quiera someter su tiempo de ocio al criterio de otro compañero lector animándose a recrearse con el libro “gratuito”.

Estas campañas tienen casi el mismo nombre y el mismo sentido, se les conoce como: Libros al viento, Libera tu libro, Libros al aire, Comparte un libro, Dona un libro.

En fin, que el sentido es el mismo: promover el desprendimiento de la propiedad, con el argumento de que el conocimiento es para todos, y que hay que compartir lo propio con un desconocido para hacer del mundo un lugar mejor. A este juego entran los colectivos antes mencionados como intermediarios (reciben el material, lo clasifican y lo entregan en donación; o simplemente proveen el espacio para que se deje un libro y se tome otro). También puede suceder que el libro sea dejado en público al alcance de cualquiera que desee tomarlo  en posesión para leerlo luego en la privacidad de su casa.

Las primeras veces que vi este tipo de campañas fue en las bibliotecas privadas de la Universidad Francisco Marroquín y en la Walt Withman del IGA. Eran un espacio dispuesto con un canasto de mimbre, un rotulo hecho con papel arcoíris, tipografía de maestra de primaria y la inscripción: libera tus libros, toma uno y deja otro; En la Walt Withman tenían un estante móvil con paperbacks de libros de literatura Pulp en inglés; aproximadamente fue cerca del año 2006 que iniciaron estos movimientos de donación e intercambio.


Vista frontal de la Biblioteca LVM de la UFM, vista desde el jardín Manuel Ayau Cordón, en mi opinion es una de las bibliotecas de acceso al público más completas del país.

Hace un tiempo, una tarde tuve la oportunidad de visitar otra biblioteca, la de la Universidad de San Carlos. En donde quizá para conmemorar el día del libro, se proponían a hacer una campaña de donación, habían dispuesto dos mesas en los pasillos de los niveles 4to y 5to; de los que sólo en una mesa se exponía cuatro libros dejados en donación: una monografía de Chiquimula, un libro de ciencias naturales para cuarto grado de Editorial Santillana muy probablemente de 2004; una novela de la que no llegué a leer el título, y para mi sorpresa, ¡un paperback de la novelización del guión de la película de Disney’s Cheetah Girls!

Sorprendido por aquella publicación de portada rosada, que con letra brillante anunciaba el título de la adaptación literaria de una película que está probablemente dirigida a un público conformado por niñas entre 8 y 14 años. No pude dejar de pensar en el “alma caritativa” que tuvo a bien compartir semejante pieza de instrucción para la vida; y en el promotor de la campaña que pudo haber especificado que se requerían obras de consulta u obras literarias preferentemente.



En cuanto a Disney’s Cheeta Girls (el sueño de convertirse en la próxima ícono del pop de los Estados Unidos) que como un producto, no desmerezco a los medios que utilizan para mercadear una película y conseguir recuperar los costos de inversión, mucho menos a los libros superventas (quisiera yo contar con una publicación de la cual más de dos ediciones se agotaran dada su demanda)  para la campaña de donación, me parece que hasta para pedir ayuda hay que ser específico: "-Tengo sed, dame de beber; -¿qué quieres?, tengo cloro, vinagre, aceite, alcohol, o agua".

¿Dónde está el truco en todo esto?, y si yo participo en estas campañas ¿de qué manera me vuelvo un…, a ver…, cómo dijo usted, un hipócrita de la donación?

Es verdad que la lectura no se encuentra en el punto más alto de las escalas valorativas del hombre, y quizá es de las más marginales para la escala de utilidad marginal (por tanto renunciable), que está con nosotros desde hace 6000 años aproximadamente, en tanto que la necesidad de comer, encontrar refugio y abrigo acompañan al hombre desde su etapa más tierna y aún antes de ser hombre.

Ocurre que si usted dona, con la intención altruista de sacar a un inocente del vacío existencial que a trae a su vida la ausencia de lectura (si es que a caso le produce tal sensación), dona un libro las más veces que ya no quiere en su librera, que considera que nunca lo va a leer, que pasó de la librera de su hijo hasta que se cansó del programa de televisión o de la película a la canasta de donaciones, que porque  por cuestión de preferencias no tiene el habito de la lectura que tenía su tío o abuelo, y se ha decidido emprender una cruzada por la liberación de espacio de su casa para colocar el mueble con las muñecas de porcelana donde tanto papel viejo hace estorbo.

Las mas veces donará un libro en mal estado, o peor aún creerá que tan solo con donar ficción está haciendo bien a las necesidades de textos que tienen los demás.

Dejemos algo claro: las donaciones son acciones voluntarias, nadie está forzándole a dar algo suyo; salvo  en el estadio psicológico propio, usted no se está volviendo un salvador de la cultura, es posible que los libros que done terminen siendo vendidos a una librería de usados de esas de la 10a. avenida de la zona 1, antes que en las manos del lector indicado, usted dona porque quiere.

Si bien hay necesidad de textos para niños de escasos recursos o que no tienen la oportunidad por distancia de acceder a una biblioteca pública o privada; que en sus instituciones educativas algunas veces carecen de un espacio en el que puedan acercarse a libros de texto para consulta; ¿no le haría bien acompañar sus donaciones de ficción con unos libros de matemáticas, de física fundamental, formación musical o de comunicación y lenguaje?.

¡No es sano ser hipócrita con las donaciones de textos, esperando que Disney’s Cheeta Girls nutra las necesidades de formación que su sentido de altruismo comunitario le está pidiendo saciar!, el resultado es peor, entregar libros a población que no tiene necesidad de ellos, que no puede comprenderlos (si dona textos en otros idiomas), que no puede conservarlos (si se encuentran al punto de la desintegración), que no puede nutrirse de ellos (si no son textos de contenido práctico, como libros de matemáticas, física, manualidades, gramática o aprendizaje de idiomas, etc.; u obras literarias con un grado considerable de calidad y valores).

Es posible que peque, apelando de nuevo al refranero popular, de «limosnero con garrote» pero puede hacerse más si se tiene intención de ayudar.

Si usted participa en campañas de donación de libros de texto para personas de escasos recursos o de difícil acceso a materiales de lectura, puede primero enterarse al público al que se dirige para seleccionar los textos que puede donar y serán útiles para los niños o adolescentes; no doné libros de Cuauhtémoc Sánchez a las escuelas secundarias por sobre un libro de aritmética de Baldor, o una pieza de teatro de Shakespeare.

Para las campañas de liberación de libros propongo una solución agorista, en lugar de dejar de perdidos los libros en un espacio públicos o en una caja (a la oportunidad de que cualquiera pueda tomarlos, revenderlos y romper el propósito de la actividad) organice pequeños tianguis (puestos informales) en sus iglesias, parques, centros de reunión o actividades culturales a las que asista, en los que a la manera de los niños que intercambian tarjetas de futbolistas y superhéroes, usted pueda intercambiar a gusto y a conocimiento de la persona que le recomienda el libro, el texto que mejor le parezca; puede ser un espacio para socializar y comentar literatura; o bien si su intención es redituar con el material que le estorba en casa, puede emplear el medio que el mercado provee para solucionar el problema del trueque (la no coincidencia entre lo ofrecido y lo requerido), en el mismo tianguis puede vender los textos y hacer que la demanda de uno se vea satisfecha por la oferta que tiene, sin que le asfixien los impuestos por vender un libro.

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