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miércoles, 27 de marzo de 2019

/K/RTONES - Henry Vargas Estrada "Puerto Barrios 2050" [3]


5

Horas después, penetraba en una tienda de armas. Lo hizo sin llamar la atención, como un cliente más. Aunque aprovechando la soledad del lugar se quedó viendo más de la cuenta. Alguien lo seguía con la mirada en la penumbra.

El dependiente lo observaba sin creerlo. Normalmente sus clientes no divagaban mucho. Era raro ver a una persona que admiraba cada pistola, rifle o escopeta como que fueran obras de arte. Le parecía demasiado conveniente.

Su voz se elevó para recibirlo. Él no pareció hacerle caso.

-¿Me oís?

Ahora le respondía.

-¿Tenés calibre 38?

-Sí. ¿Y vos sos?...

-Eso qué te importa.

El dependiente lo miró sin creerlo.

-Sabés que no puedo recibirte sin registro. ¿Tenés registro?

-¿Qué es eso?

-Vaya…

La sola idea de tener a un hombre fuera del registro le pareció bastante peculiar. Quizás más inusual que lo acostumbrado…

-¿Te conocés las leyes?

-No lo creo…

Y todavía con eso…

-No te puedo ayudar- le dijo.

-Eso no es cierto.

El dependiente soltó una carcajada.

-¿Dónde lo averiguaste?

-Las malas lenguas lo dicen todo. Me contaron que vendés armas a sicarios y ladrones. No veo porque no podás darme una.

-¿Vos te dedicas a alguna de esas profesiones?

-Todavía no lo sé. Estoy por averiguarlo.

No podía negar que el tipo le caía bien.

Salió de inmediato del mostrador. Se acercó a su cliente como tratando de consolarlo. Él lo miró con mucha aprehensión.

-Estoy viendo esta arma- le señaló una pistola negra y con adornos cromados-. Parece ser lo que busco.

-Sí, esa es una 38.

-No es como…

-¿Antes?

-¿Cómo lo sabés?

-Veo que sos un experto. Pero las cosas han cambiado.

-¿Me la podés mostrar?

-Creo que sí. Pero habrá que hacerle modificaciones. Las armas ahora ya no te permiten ser disparadas si no tenés un código genético aceptable. Vamos a tener que desmontarla.

-¿Te vas a tardar mucho?

-Tampoco es que sea tan difícil.

No sé tardó más de media hora. Al poco tiempo la tenía empacadita en una caja. Él observó el trabajo con mucha calma.

-¿Servirá?

-¿Querés probarla?

-Me leíste el pensamiento.

Raudo, el dependiente lo condujo a una habitación contigua. Luego le entregó el arma cargada con varios cartuchos. Le señaló varios blancos que se mostraban estáticos.

-Dispará… al centro.

Se oyeron varias detonaciones. El hombre dio todos sus tiros en el blanco. Sin duda era un experto.

-Es perfecta- le dijo-. Me la llevo.

El dependiente lo miró sorprendido. Pero animado a preguntarle:

-¿Vas a querer un descuento?


6

Nunca en su vida pensó que entraría en un prostíbulo. Pero allí estaba.

El olor tóxico rezumaba por todos lados. La droga, o lo que fuera aquel hedor, estaba muy presente. Se sentía tan aturdido que ni siquiera intentó asomarse a las habitaciones.

No obstante, cuando finalmente lo hizo, la voz apagada de la prostituta se oía recitando una vieja letanía. Él la reconoció como esas antiguas oraciones del catolicismo. Una religión al parecer ya perdida en este mundo.

-¿Sos devota?

Eso fue lo primero que dijo al entrar.

-No lo sé- ella lo miraba con cierta duda. Él notó inmediatamente que estaba vestida.

-No querés tener sexo conmigo, ¿verdad? –preguntó retóricamente ella.- Sé que no buscás eso. No me voy a molestar en hacer el esfuerzo.

-Tiene toda la razón. Creo que usted… Señora, sabe algo que yo quiero saber.

-¿Qué querés saber?

-Espero que no le moleste.

-Mi vida ya es lo suficientemente molesta.

-Ya veo…

Él se sentó a su lado. Trató de parecer amistoso. Es más, hasta intentó sonreírle. Aunque ella no parecía entenderlo.

-No tratés de ser bueno conmigo…

-No quiero ser grosero…

-Basta de condescendencia. No sos el primero que viene a hacerme preguntas.

-¿Viene mucha gente?

-Básicamente la policía. Pero vos no parecés serlo.

-No, no lo soy.

-A ver, ¿qué querés saber?

-Usted, ¿me lo va a dar tan fácil?

-No creo que tenga que guardármelo.

Él hizo la pregunta concienzudamente. Trató de ser directo, sin rodear mucho. La sola mención de la droga hizo que a la mujer le brillaran los ojos.

-Has venido al lugar indicado -le dijo-. Eso es algo muy común aquí. Aunque tu problema bien lo van a saber otros.

-¿Quiénes?

-Atlas. ¿Has oído de ellos?

-No me suenan…

-¿No le prestás atención a la publicidad, la de los hologramas?

-No estoy acostumbrado.

-Deberías hacerlo.

Y con esa frase ella trató de alejarlo al mismo tiempo.

-¿Podría… contarme más?

-No puedo.

-¿Pasa algo?

-Lo tengo prohibido.

-¿La matarían por decirlo?

-No lo sé…

Ella trató de retirarse.

-Espere.

Él la tomó del brazo.

-¿Qué más querés?

-Solo digame algo. ¿Ellos lo hicieron?

-Es probable que sí.

Aquello le pareció una certeza. Ella se retiró sin mirar atrás, como que si no hubiese pasado nada.

Él salió a la calle poco después. De pronto, se vio rodeado por hologramas. Él los contempló como buscando algo.

-Es cierto…

El nombre de Atlas estaba en todos lados. Parecía como que estuvieran llamándolo.


Continuará...

Henry Vargas Estrada.

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