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miércoles, 26 de junio de 2019

LIBRO - Del otro lado del río: Un poco acerca de “Después del fin”


Es imposible no pensar en Onetti cuando leemos a Vania Vargas. Imagino que ella guarda al escritor en algún rincón de ese pueblo fantasma que recorre a diario y que de vez en cuando le da por visitarlo.

Vania Vargas es una reconocida poeta, narradora, editora y periodista cultural guatemalteca. Nació en el departamento de Quetzaltenango en 1978 y es Licenciada en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Fuente: http://festivaliteraturacopenhague.com/edicion-2016/invitados-2016/.

A lo mejor a Vania le da por atravesar el río y embarcarse sin pena ni gloria al pueblo de Santa María, esperando así que, tal vez no esté tan poblada ‘porque la vida breve aún es difícil de conseguir’; camina sin prisa, deteniéndose únicamente a observar si acaso el monumento a Padre Brausen tiene cara de vaca más que de equino. Llega a esa habitación donde yacen todas esas historias de incandescente derrota, toma una silla y bajo una luz tenue, dedica su tiempo a explorar las ficciones del universo onettiano.

Quizás solo explora a Díaz Grey, a Jeremías Petrus, Larsen, o bien, a uno de los posibles Baldis, siendo este último, aquel paladín improvisado al que la suerte o la desgracia, le dio la oportunidad de contar aquellas fantasías que llevaba en los bolsillos. Ligeramente irritado y desganado, Baldi le cuenta a la mujer que acaba de salvar acerca de su profesión, la cual consistía, en sus propias palabras ‘en cazar negros’ en Sudáfrica, acribillándolos con una metralleta marca Schneider cuando trataban de escapar de la mina con diamantes en sus manos. El tiempo se diluyó entre las mentiras y fantasías que Baldi había construido detalle a detalle. Repentinamente, cayó en cuenta que su narración ya no era para alimentar la intriga de aquella molesta desconocida, más bien se las narraba a él, al otro Baldi, a ese pobre diablo infeliz que era, un abogado aburrido con un rutina aburrida, ‘la peluquería, la comida y la función de cinematógrafo con su novia Nené’; es que era ese ser con una vida común, el que se regocijaba de las aventuras de los posibles Baldis, las posibilidades infinitas de aventuras increíbles: el pirata Baldi, el Baldi que lucha contra los moros en la Legión Extranjera, el Baldi que trafica drogas, etc. Baldi (el abogado) compara su existencia con la de estos personajes que él mismo ha creado y anhela de manera casi enfermiza esas vidas, las cambiaría cualquier día por la barbería y la película con Nené.

Algo así es leer Después del fin de Vania Vargas. Narraciones breves que remueven las entrañas de piedra y vísceras de una ciudad violenta, encontrando pequeños destellos en la oscuridad, pequeñas ventanas que se abren por instantes, permitiendo ver las historias de unos personajes que se pierden en la indolencia y la apatía; un libro en el que el tiempo avanza, pero el espacio no existe.

Portada de «Después del fin» de la quetzalteca Vania Vargas (Ediciones del Pensativo, 2016).

De pronto, eres un suicida preocupado por lo inevitable de la vida y sus consecuencias, o bien, una mujer destrozada por la muerte de su hijo asesinado por su propio padre, en un contexto en el cual, era la única solución. Mudas de piel y de sensaciones, te adentras a la mente y las emociones de individuos presas de su propia paranoia y la ironía de la vida. Vania entonces, es una especie de coleccionista. Ella secuestra instantes de vidas que no le pertenecen y las cuida, las cura para que no mueran ignoradas y aisladas y puedan convertirse así en una hermosa ficción. Al igual que Baldi, ella deja correr su imaginación y abre mirillas a universos golpeados, violentas aventuras que duran el tiempo de un destello en la oscuridad, revelando de a pocos a esos seres invisibles que pernoctan desanimados por las calles de una ciudad abandonada.

Vania es Baldi, Baldi es Vania que también es Onetti. Capturan vidas, instantes y sensaciones que dejan que el tiempo madure lo suficiente para morir en sus historias que luego nos comparten.

‘Y tomaba el cuerpo del negro como compañero. Dos o tres días lo veía pudrirse, hacerse gris, hincharse’ y al igual que Baldi (el guardián de la mina), Vania toma a sus personajes de rehenes, espera a que estén lo suficientemente podridos para dejarlos escapar y no preguntarse más qué será de ellos.

Es imposible no pensar en Onetti cuando se piensa en Vania. Es imposible no pensar en todas esas historias cautivadoras y salvajes, llenas de emociones ajenas que por un solo instante (que dura mucho o poco), son nuestras y de nadie más.

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