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miércoles, 14 de agosto de 2019

/K/RTONES - Arturo Santana "Despertar" [1]

Despertar

I

Miedo. Eso que atravesaba sus ojos era la sensación que tantas veces leyó en los diarios y escuchó en las calles infestadas de gente. Esa parálisis de una mirada que se desvanece bajo la sombra de la muerte. La había visto antes, la había sentido en cada centímetro de su fría piel, en cada latido que se iba apagando junto a la esperanza de llegar a casa luego de una noche oscura. Ese olor, ese sabor le causaba cierta curiosidad. ¿Podía ser algo más? No estaba seguro. De hecho, no tenía certeza ya de nada. Antes le invadía la sonoridad de un río cuya corriente se volvía más fuerte con cada centímetro cúbico. Cuando era joven, en aquellas noches en la que las estrellas no se ocultaban en la espesura (cuánto de esa época). Sin embargo, veía el cielo y solo se asomaba esa pupila estática cubierta de terror. La carne muerta lo estaba mucho antes de que pudiera sentir el hedor de los suburbios, que tanto se cernía en cada esquina de ese cementerio llamado ciudad.

Un vago estertor lo trajo de vuelta a la escena. Vio que lo último se escapaba por cada poro, a excepción del miedo. Esos círculos negros, aun bajo las horas antes del amanecer, resplandecían llenas de quien no despierta de un mal sueño. De pronto sintió lástima, una vez más. ¿Qué era exactamente lo que causaba aquello? Eso le inquietaba. Desde hacía unos meses que los cambios eran notorios. Lo sabía, se había dado cuenta. Y aunque aún sintiera vergüenza de admitirlo, era consciente de que el detonante había sido aquella vez en el callejón. Cuando se topó con el vívido recuerdo de su mayor tortura, de su maldición. En esos gritos y llanto había percibido una mezcla familiar de emociones. Ella luchaba y sufría como su fantasma. Ellos disfrutaban cada instante como un animal que juega con su presa antes de devorarla, como si esta última careciera de vida. Eso le causaba repugnancia, odio, ira y deseos de matar. Pero incluso así, no era de su incumbencia. No le importaba. No hasta que se percató de aquella figura paralizada y temblorosa a la vez. Aquellos ojos suspendidos llenos de pavor e inocencia. Aquellas lágrimas que sin estar ahí caían como una cascada helada. Aquel dolor que sintió muchos años atrás.

No fue su instinto el que actuó entonces. El deseo de saltar no tenía relación con la necesidad de mantenerse con fuerza o energía. Algo que prefería obviar lo movió a lanzarse y a arrastrar hasta las sombras a aquellos sujetos. El primero no vio ni sintió nada. El segundo pasó de ser un demonio a un simple hombre indefenso que se enfrentaba a lo inexplicable. El tercero soltó al pequeño e intentó disparar, pero solo eso: intentó. Las cuchillas le hicieron saber que su destino no pasaría de ese instante. Y quizá por ello, el miedo natural del hombre al más allá dejó a un lado la crueldad con la que empuñaba el arma tan solo unos minutos antes.

Esa fue la primera vez que lo percibió. Esa horrible impresión de asco, de que a su interior solo llegaba un chorro de podredumbre. La sensación de querer vomitar o abrir su piel para expulsar un molesto parásito. Pero era el principio. Los sollozos apagados desviaron su atención. Ahora él y ella tenían clavada la mirada en su difusa silueta. Aún habitaba el miedo en ellos. Pensó que gritarían o saldrían corriendo, a lo mejor porque tardó unos segundos en comprender la fragilidad humana; que la idea de un posible peligro muestra lo indefenso de una criatura mortal. No pudo evitar pensar en su historia. No pudo evitar sentir.

El ruido había cesado. Vio la pétrea cara de la muerte donde el terror había desaparecido. Era una carcasa vacía. O al menos en parte. Esos ojos seguían fijados en su figura. Lo veían como quien acusa o suplica a su asesino. Sí, desde el abismo llegaba ese “no, por favor, ten piedad” y el “vete al infierno, maldito”. Esas palabras que también lo llevaban hasta el punto de partida. Comprendió que ahí, en el pavimento, más de un par de pupilas indagaban en lo más profundo de sus cicatrices y heridas y avivaban la repulsión por esas noches tan largas. Eso y los recuerdos del callejón, de su hogar y de tanta oscuridad le hicieron hervir el pecho, como si una caldera estuviese a punto de estallar.

Gritó, lleno de tanta humanidad como hacía mucho no le ocurría. Todas esas emociones que tanto se había empeñado en mantener enterradas bajo las capas de muerte, en noches tan frías y negras como el agujero en el corazón de la ciudad, en su vacuo espíritu, explotaron. Los ecos de su pasado volvieron como fantasmas, como un recordatorio de que nunca dejó de ser un hombre. Y eso le dolió, lo atravesó como una flecha cargada de castigo. En ese momento vio un collage de cada maldita gota derramada desde que su familia se había ido. Cada llanto, grito y súplica. Cada dosis de pánico, terror, incredulidad, remordimiento, aflicción y adioses o palabras de afecto que se quedaron ahogadas por el orgullo, la tristeza o la envidia. Contempló cómo cada cuadro se teñía de rojo, de fuego voraz y de espectros que salían de sus tumbas.

De pronto empezó a llover, aunque el cielo seguía dormido en las sombras.

Arturo Santana
Ciudad de Guatemala, 24 años.

Nació el 10 de mayo de 1994, en Ciudad de Guatemala. Desde pequeño se interesó en la lectura, aunque sería hasta la adolescencia cuando empezaría a escribir. Tiene pensum cerrado de Licenciatura en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Ha trabajado como corrector de textos en un medio de comunicación y ha publicado poemas en la revista Mandrágora.


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