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martes, 31 de marzo de 2020

/K/RTONES - Jenner Santos "La contienda"

Fuente: Pexels.

La contienda

Era lunes por la mañana y las calles estaban vacías. Las pocas personas que transitaban las calles se subían en los taxis que ya para ese tiempo cobraban precios exorbitantes por acercarte a los complejos empresariales. Cuando el presidente dio la orden de que se suspendieran todas las actividades a nivel nacional, yo sentí un alivio, pensé que nuestra empresa seguiría las órdenes del gobierno y pondrían sus operaciones en pausa, pero eso no sucedió. Dijeron algo de “la naturaleza del negocio” y también dijeron que esperaban la colaboración de todos para salir juntos de esta crisis.

- Estos son los momentos para ver quién se pone la camiseta de la empresa - decía el gerente en un video que se reproducía cuatro veces al día en las pantallas de la oficina, un filme claramente grabado en la casa de campo de la empresa en las montañas, misma en la que celebramos el convivio de la Navidad pasada.

Mi oficina queda en el piso once de la torre empresarial uno, justo frente a la torre empresarial dos y a un costado de la torre empresarial tres. La torre empresarial cuatro estaba a medio construir cuando empezó la propagación del virus que tiene a casi todo el mundo recluido, con fiebre y dolores musculares, sin que nadie pueda moverse de su casa, así que ahora solo hay tres torres y media y siento que por momentos eso me vuelve loco. Nunca he soportado dejar las cosas a medias; todo lo que empiezo lo termino, incluso si eso significa sacrificar horas de sueño, fines de semana, amistades, o bien, el tiempo en familia, simplemente no entiendo a la gente que deja las cosas a medias. Por eso es que me enfurece la torre a medio terminar con su techo todo destartalado, porque creo que una pandemia no es excusa para dejar un trabajo a medias.

Frente a mi, en la torre empresarial dos, pero un piso más abajo trabaja Ubaldo, mi vecino. Conozco a Ubaldo desde hace años, nuestras esposas se conocen y nuestros hijos asisten al mismo colegio, sin embargo, nunca hemos entablado una conversación seria y nos limitamos a saludarnos con una reverencia y a fumar en silencio cada que tenemos que pasar tiempo juntos. Podría decirse que entre nosotros existe cierta tensión insospechada, una rivalidad tácita que se ha afianzado con el tiempo. Creo que todo comenzó el día que llevé mi carro nuevo a la casa, un Toyota con un color rojo muy llamativo, y aunque la cara de Ubaldo estaba inmutable cuando se lo mostré, pude percibir una rabia leve que se extendió desde su estómago hasta el rojo de sus mejillas. A los pocos días él llegó a mi casa eufórico a mostrarme el automóvil nuevo que había comprado, también era un Toyota, pero el de él no era rojo, era más bien de un color corinto algo triste, y para nada llamaba la atención, pero nunca se lo dije, al menos con palabras, eso creo. Igual cuando añadí un piso a mi casa él añadió dos a la suya, y cuando mi esposa le dijo donde estudiarían nuestros niños, él le rogó al director que aceptara a su hijo. Me lo imagino con su bigote grasoso y sus patillas canosas haciéndole un puchero al director. En ocasiones me lo topaba en el casino que está cerca de nuestro trabajo, lo sorprendía contando mi apuesta para él hacer una más grande y no pocas veces me descubrí haciendo lo mismo con la suya.

Cuando el presidente dio la orden de que se suspendieran todas las actividades yo sentí un alivio, pensé que ya no tendría que preocuparme por contagiarme yo o contagiar a mi familia de ese virus tan infame, no obstante, a los pocos minutos vi el mensaje de mi jefa diciendo que el gerente en su enorme generosidad, había puesto a nuestra disposición un transporte colectivo que nos llevaría a la empresa y nos regresaría a un punto cercano a nuestras casas. Era entonces, otro lunes, uno cualquiera, ya por la mañana y mientras esperaba el pequeño bus que me llevaría a la empresa, vi a Ubaldo caminando con su lonchera, se detuvo un momento y me dijo que a él su empresa no le daría transporte así que caminaría hasta el trabajo. Desde ese día yo también camino al trabajo y veo a Ubaldo en la cuadra contraria, acelerando el paso y viéndome de reojo para llegar primero a su torre empresarial. 

Todos en la oficina estaban como locos al principio, las señoras de limpieza pusieron alcohol en gel en todos los escritorios y nos separaron con un cubículo de por medio para evitar el posible contagio, en las noticias decían que las empresas que no acataran las órdenes de cesar operaciones, serían multadas y clausuradas permanentemente, aun así mi torre se negaba a cerrar, y lo único que hicieron fue dejar el video del gerente correr una y otra y otra vez en todas las pantallas de la oficina. 

Desde nuestras respectivas ventanas, Ubaldo y yo observamos el día que la policía ingresó por la fuerza a la torre empresarial tres, había unas personas vestidas de blanco que tomaban la temperatura de los empleados, justo antes de entregarles una caja y mandarlos a recoger su escritorio para luego, ya mandarlos a sus casas. La poca gente que quedaba en mi oficina comentaba lo que sucedía y decían que era cuestión de tiempo para que a nosotros nos hicieran lo mismo.

- No pueden hacernos esto, la gente tiene que trabajar, es mejor morirse del virus que de hambre - eran algunos comentarios que se escuchaban entre los cubículos de mi oficina. Yo veía a Ubaldo ver lo que sucedía en la torre tres, sin dejar de sentir algo así como una mezcla de miedo y excitación al mismo tiempo.

Nos clausuraron a los pocos días, pero yo no tuve el corazón de decírselo a mi esposa. Desde entonces camino todos los días a una torre vacía, me escabullo por la torre cuatro porque nadie vigila la entrada de un edificio a medio terminar. Bajo las escaleras de emergencia hasta el sótano que conecta con el sótano de mi torre y, desde allí, subo hasta mi oficina a matar las horas viendo videos en mi teléfono, pensando en una manera para hacer dinero y que el desempleo no me afecte a mí ni a mi familia. 

Hoy en la mañana me empezó la fiebre y tampoco se lo dije a mi esposa porque no la quiero alarmar. También veo a Ubaldo concentrado en la pantalla de su computador, en una oficina igual de vacía que la mía, aunque a veces él se levanta a toser y a escupir, y hace muecas como si el aire le faltara. Honestamente, no lo veo bien a Ubaldo.  

Siento que es cuestión de tiempo para que uno de los dos deje de venir y ciertamente a estas alturas, claudicar sería vergonzoso. Solo espero que, como todo en la vida, Ubaldo en su afán de superarme, no se le ocurra hacer algo descabellado por ganar esta contienda.

Fin.

Jenner Santos
Ciudad de Guatemala, 30 años.

1 comentario:

  1. Esperando con ansias la continuación FELICITACIONES adelante!!!!!!!

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