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viernes, 17 de abril de 2020

CRÓNI/K/ - Corte de pelo

Fuente: Pexels.

Cuando todo esto de la pandemia inició, yo no me lo creía... y menos me lo creí cuando el gobierno mandó a que todos debíamos permanecer encerrados la mayor parte del día, pero era cierto. La gente se estaba infectando a un ritmo alarmante y lo mejor fue recluirse y no salir, a no ser que fuera completamente necesario. Los supermercados comenzaron a vaciarse y poco a poco el pánico se fue apoderando de todos nosotros.

- ¡Nos vamos a volver locos! - Le dije a Lydia mientras ella acomodaba los cientos de rollos de papel higiénico que había comprado debajo del gabinete. Ella solo asentía con la cabeza y en un tono condescendiente me dijo que solo había que mantenerse ocupados y que, a nuestra edad, era casi como si nada hubiera cambiado. «Nada, excepto esa extraña atmósfera de fatalidad que se respiraba por esos días», pensé yo.

Traté de seguir el consejo de mi esposa y me ponía a leer el periódico o a escuchar la radio, daba vueltas por la sala hasta que me fatigaba y tenía que volver a sentarme a ver la televisión. Lydia por su parte desarrolló una especie de adicción a los videos de manualidades en internet, pasaba horas frente a la computadora o en su teléfono viendo a completas desconocidas cortar, coser, pegar, abotonar o lo que fuera que estuvieran haciendo, solo para luego ella intentarlo en nuestra casa. Al principio casi ni lo noté, aunque ella se entusiasmaba por mostrarme los cojines en forma de dona que había hecho; según me contó, despedazó los perfectos cojines que mi madre me había hecho, para usar las telas y convertirlas en un cojín más pequeño, pero con forma de un postre. Tampoco hice un alboroto cuando queriendo enderezar un clavo en la pared, el martillo rebotó y me dio en la cara partiendo mi nariz y manchando de sangre la alfombra. Lydia había visto que el silicón en el martillo no dejaba marcas en la pared porque amortiguaba el golpe.

El día que ya no pude más y reventé de la cólera fue cuando fui a cagar al baño con una urgencia endemoniada. Terminé y cuando quería limpiarme el sudor y la mierda, no había un solo rollo de papel higiénico, el gabinete estaba vacío, al igual que el dispensador con ojos saltones que apenas sostenía el cartón inservible del rollo anterior. Después de gritarle a Lydia por unos veinte minutos sin obtener respuesta me subí solo los calzones y salí; ya no sé si a buscarla a ella o el papel, entré a la sala con mis pantalones en los tobillos y la vi allí sentada, sonriendo frente a una montaña de rollos de papel, tomé uno y le grité que ya dejara de hacer estupideces con las cosas, que nos servirían porque todo se estaba yendo a la mierda y que ella con sus videos y sus manualidades no ayudaban. Ella me vio con unos ojos sepulcrales y llenos de ira justo antes de yo escuchara a nuestra hija carraspear en la computadora sobre la mesa, aparentemente ella tenían una videollamada o una clase en línea, y con los audífonos puestos no pudo escucharme.

Desde ese día he tratado de ser más amable y complaciente con ellas. Ahora trato de ayudarle a mi esposa con sus manualidades y salgo corriendo a comprar papel cuando se termina. Han pasado los días, recientemente han dicho que el riesgo de contagio es casi nulo y que la cuarentena se levantará pronto, esos días parecen un recuerdo amargo y lejano, sin embargo, ni Lydia ni nuestra hija, me dirigen la palabra. En este preciso momento, Lydia está buscando videos de “cómo cortar el pelo” y creo que, aunque la cuarentena se levante pronto, yo tardaré un poco más en salir.

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