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lunes, 17 de diciembre de 2018

OPINIÓN - Píldoras rojas contra el mundo moderno: Ajpu y el valor de la masculinidad tradicional (Parte II)

Esta columna no va dirigida para los aristócratas del espíritu, va para aquellos que no saben que lo son, para que no desfallezcan en su lucha contra la degradación social y moral a la que los hombres están siendo sometidos por la gran industria del entretenimiento y la pornografía.

En la columna anterior tuve por oportunidad mostrar las cualidades del hombre moderno guatemalteco o centroamericano; tristemente no poseemos ni siquiera una identidad cultural que podamos sentir tan arraigada, porque nuestra nacionalidad es producto del mero sueño criollo y de la logia; somos un intento de territorio que no termina por cuajar; tan antiguos como la creación de  Uk'ux Kaj y Uk'ux Ulew; así como de la misma patria española que uniera  Ysabel y Fernando o de los druidas celtas que al otro lado del océano invocaron  y sirvieron a la naturaleza. Somos tan nuevos como 197 años, una nada comparada con otras naciones que cuentan sus calendarios en miles de años. Somos varios pueblos en uno solo.

Pero aquí estamos, tenemos un nombre y un pasado; hemos dejado de ser nosotros mismos cientos de veces y nos hemos enfocado en negar la herencia de nuestros abuelos; ¿qué es frente al mundo y frente a otros pueblos este nuevo hombre guatemalteco?, que no conoce siquiera su origen o los viejos valores culturales de sus abuelos; que no está presente en casa para criar a sus creaturas y dotarlas de valores; ¿puede acaso responder a la madre soltera que a duras penas puede proveer sustento y orientar en valores cívicos a sus descendientes?

¿Cómo debe de ser ese hombre Ajpu?, Ni moderno ni posmoderno, ni complaciente a las mujeres, ni esclavo de su sexo o sus impulsos más lastimeros, no debe ser débil o hedonista. No debe de ser una bestia irracional o un cavernícola que no sabe ser compasivo o detenerse cuando surge el impulso de dañar a los indefensos.

Tal y como lo describen las cualidades de este nahual, debe ser un hombre solar; expuesto a la luz en todo momento, enemigo acérrimo del ocultismo o de toda doctrina que en apariencia le haga libre, pero en la práctica le haga esclavo de sus propios “hermanos”; racional y espiritual, abierto a adquirir conocimiento y a transmitirlo a sus semejantes. Un hombre de fe que sabe educar en la moralidad y el respeto a sus descendientes; un faro que irradie ejemplo y esperanza a las futuras generaciones de hombres.

El cerbatanero es un guerrero, y no un idiota en búsqueda de pendencias o conflictos en cada esquina; sabe apreciar el panorama desde su posición, observar cada espacio, cada amenaza que se esconda tras el dintel de cada puerta; cauto para no despertar sospechas o la amenaza de otros hombres. mesurado con sus palabras, pero entrenado en el uso de las mismas para emplearles en la lucha dialéctica contra el pensamiento posmoderno. No teme a las batallas cuando toca enfrentarlas, y se prepara día con día para perfeccionarse a sí mismo; reconoce su mortalidad y la abraza; es por ello que sabe vivir con la dignidad del último día (no en la entrega al vicio y al consumo del cuerpo, sino en la búsqueda por dejar un legado o un recuerdo adecuado). Sabe morir sin arrepentirse de las acciones no hechas y sin oponer resistencia; no es un animal que se contorsiona con una muerte indigna sino que sabe recibirla con los ojos abiertos y una sonrisa.

Es el protector de las mujeres de su clan, a las que respeta y exige respeto, no se considera igual, ni inferior, ni superior; conoce su espacio y campo de acción; comprende su lugar en el mundo, es un cerbatanero.

No deja que a su corazón le invada la obscuridad, sabe conmoverse por el sentimiento sublime que transmite la poesía o la música, y aún por el dolor de su prójimo, al que asiste como si se tratara de su hermano.

Este cerbatanero, y repito, no es un ser desalmado o irracional; no es esclavo de sus pasiones porque sabe refrenarlas en el momento adecuado, y sabe expresarlas en el amor y el combate.

Comprende el dolor o las dificultades como experiencias para probarse a sí mismo, y a la dicha la tiene por don a repartir con sus hermanos.

Este varón, el Gran Jefe, porta el cetro que la dignidad de su edad le ha heredado, sabe expresar las glorias de sus ancestros con maestría y se encarga de que cada uno de los que le siguen conozca y respete su historia. Sabe orientar a otros por la obscuridad y los peligros del bosque, hasta su llegada a la tranquilidad del hogar o el refugio. Su conocimiento es tal que no se deja mecer por la opinión del idiota, que siempre sabrá encontrar falta en su acción, decisiones u opiniones.  

No actúa por la masa, actúa en cuidado de su familia y de su patria.

Respeta toda forma de vida; y si ha de tomar la vida de algún animal, sabe valorar el esfuerzo que ha llevado para que este se haya logrado; no depreda cual estúpido o despilfarrador la naturaleza que le rodea; para él, contrario al mundo moderno, un árbol representa más que materia prima, un refugio, un ser vivo, sombra y aire le protege, alimento que le permite sobrevivir.

Con la frente en alto, va avanzando como con las palabras de Oswald Spengler: «si han de echarse los cimientos perdurables de un gran futuro, sobre los cuales puedan edificar las generaciones venideras, ello no ha de ser posible sin la acción continuada de nuestras tradiciones.  Únicamente aquello que de nuestros padres llevamos en la sangre, ideas sin palabras, es lo que promete consistencia al futuro.» Oswald Spengler – Años decisivos

Nobles hombres que se encuentran acosados por la sombra del mal llamado progreso, del consumismo; ustedes que están sentenciados, escupidos, vituperados, etiquetados por ciertos de nombres por los enemigos de la libertad, de la familia y la tradición; no desfallezcan en su lucha, no cedan  ni un milímetro de la labor que les corresponde, pues con dignidad pueden reconstruir el mundo antiguo, los valores robados por la posmodernidad.


Luis Ricardo López.

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