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sábado, 6 de abril de 2019

RESEÑA - Conociendo Cuscatlán (Una invitación poética, no turística)

Nadie puede conocer un vergel sin antes haber palpado su entorno, caminado por sus entrañas, ni entrado en los ojos de cristal que se hacen uno con el cielo, reflejando su inmensidad y bañarse con su frescura, donde  se convierten en ellos mismos ante las adormitadas miradas de los oriundos de estos parajes que en un momento se conoció como Cuscatlán, una tierra que tiene el nombre más hermoso y a la vez menos valorado: un collar de bendiciones, tierra de providencia.

Un lugar donde encontramos la ciudad de los gigantes, Casa Blanca, Tazumal, la tierra de los cuchillos y espadas, la ciudad de Tacuscalco, allí donde se dio la gran batalla entre pipiles y españoles al mando del príncipe guerrero Atlacatl, y otro gran guerrero quien hirió al español: Atonal, en la batalla decisiva por la conquista de Cuscatlán, San Andrés, Cihuatán, la ciudad de las mujeres, Quelepa, y la Pompeya de América: Joya de Cerén, donde un descuido de una empresa descubrió una pared de una de las casas preservadas en el tiempo, soterradas bajo 14 capas de ceniza volcánica.

¿Cómo olvidar a Cuscatlán? Las grandes cabezas Olmecas nos recuerdan su paso por estas tierras buscando rutas de comercio, o Toltecas por el nombre que tiene este maravilloso paraje. ¿Cómo olvidar a los mayas quichés que habitaron estas tierras en el occidente? ¿O  los lencas que estuvieron en oriente? Talvez no fuera cuna de grandes civilizaciones, pero el tono rojo – naranja – verde – turquesa que adornan al dios del fuego Huehueteotl, quien con su furia se tragó más de una ciudad dejándola preservada al paso del tiempo y el tono rojo, rosa, azul marino por las noches, nos recuerdan el gran collar que forma esta tierra: un collar de providencia y de bendiciones.

¿Cuántas veces me han preguntado por la patria? ¿Cómo no llamarla así? O mejor aún, ¿Por qué no llamarte nuestro terruño? Si fuiste la tierra que vio nacer a una Claudia Lars, un Masferrer, un Salarrué, un Guerra Trigueros o un Francisco Gavidia, Hugo Lindo o un Alfredo Espino quien le cantó a un nido, o tenía un ranchito y un lucero o alzó sus alas para ascender al vuelo. Fuiste la tierra fecunda que inspiró el arte de un César Menéndez, de un Fernando Llort, o un Camilo Minero, o quien contó tu historia llevándola a la pantalla y al teatro con un Alejandro Cotto o un Arturo Menéndez.

Podremos ver a El Salvador, nombre puesto por haber llegado un 6 de agosto, día de la transfiguración de El Salvador del Mundo, 14 departamentos y 262 municipios. Pero yo llevo grabado con fuego a Cuscatlán, el terruño, que viene de tierra firme que no se encuentra ubicado en una tela o un papel, sino grabado en el alma, tengo marcado en el pecho a los montes escarpados que sostienen la bóveda azul que se reflejan en los ojos cristalinos que nos bañan de frescura matinal, tengo la sombra del conacaste, ese árbol que una vez escuchó el clamor, la oración o el simple agradecimiento de su pueblo que se sentaba bajo sus pies enraizados.

¿Cómo olvidar la masacre de 1932? Un día nefasto donde el presidente de El Salvador, en ese momento, quiso acabar con la cultura nativa del país y enraizar la cultura europea, y los pocos grupos indígenas que quedaron tuvieron que ocultar su identidad, pero que ahora vuelven la vista al terruño, Cuscatlán vuelve a despertar con el lago de Güija, lleno de sendas de abrojos y espinas que una vez se alzó el templo de Mictlán. O el lago de las serpientes, Coatepeque, que tiene la caldera de cuatro volcanes y, aunque está dormido, en sus laderas se escucha el palpitar de una tierra que no se rinde.

¿Cómo olvidarnos que una vez se despertó el titán de fuego Lamatepec? y que hace más de 100 años, otro titán, el de San Salvador perdió más de un kilómetro de su altura hasta ver como cráter el boquete abierto a un costado. Tampoco podemos olvidar al faro del Pacífico, aquel que guiaba a los barcos por las turbulentas aguas de dicho mar, el Chinchontepec que fue la tumba de un centenar de almas por un fatídico accidente donde un ave de metal perdió su visión y se estrelló, el Chaparrastique, que se mantiene despierto, atento ante la mirada incólume de la comunidad que está alrededor y que espera que vuelva a levantarse.

¡Cuánto ha sufrido! Una guerra civil que duró 12 años, los acuerdos de paz que cesaron el uso de las armas, pero no calló a la más poderosa de todas: la lengua. El Valle de las Hamacas se mece constantemente, por tierra o por mar, acomodándose sus capas de sedimentos, sacudiéndose de todo lo que la molesta.

Pero, Cuscatlán, a pesar de sus altibajos, aún resuena en mi memoria una parte de su himno: dolorosa y sangrienta es tu historia, pero excelsa y brillante a la vez, manantial de legítima gloria, ¡gran lección de espartana altivez!

Y así, como Salarrué le cantó y pintó al terruño de ojos ensoñadores, yo alzo mi mirada a la inmensidad que se confunde con los ojos de cristalinas aguas, yo vuelvo mi mirada al terruño, a esa tierra bendecida que lleva por nombre Cuscatlán y que el resto conoce como El Salvador.


Claudia Figueroa.

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