Revista cultural y literaria centroamericana

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Vladimir Amaya, a propósito de literatura que aborda el tema de pandillas [Parte 1] - ENTREVISTA

Consideraciones generales para retratar al hombre oculto detrás de las heridas.

PUBLICACIÓN POR JORGE ALBERTO LÓPEZ / 22 DE ENERO 2020 


El pasado 8 de enero del año presente, realizamos junto a mi compañero de tesis, Francisco Vladimir Flores Ascencio, esta entrevista al poeta e investigador salvadoreño: Vladimir Amaya. Esto, con la intención de conocer la perspectiva particular del autor, respecto a la poesía que aborda temas relacionados a las pandillas. Duró 45 minutos, y se llevó a cabo, en uno de los centros comerciales más conocidos del viejo San Salvador.

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Jorge López: En los últimos diez años, ha comenzado a gestarse un tipo de poesía que aborda temas relacionados a las pandillas. A pesar de que, hablar sobre ello, siempre ha sido considerado un tabú en cualquier contexto social, sobre todo por el peligro inminente que esto representa. De acuerdo con lo anterior, ¿Cuáles son los motivos principales que incidieron en usted, para tomar la decisión de escribir poesía bajo la temática de pandillas? ¿alguno de estos textos está vinculado con una experiencia personal que haya tenido? 

Vladimir Amaya: El hecho de querer acercarse a la realidad a través de la literatura, ese es el primer motivo. De igual manera, si le preguntás a un sacerdote, por qué se acerca a la poesía para hablar sobre el tema religioso, ya sea que lo apoye o no, es por la necesidad del ser humano de querer accesar o que otros accesen a la realidad que se vive, desde el punto de vista literario, bajo las claves de la literatura. Por ejemplo, si querés conocer algo sobre la realidad o el mundo de un escritor como Fray Luis de León, podés hacerlo leyendo su poesía. Evidentemente, el hombre cambia, pero esa necesidad es perenne. Te aseguro que, si los marcianos nos visitaran y nos esclavizaran, habrá algún escritor que escribirá sobre ese hecho. Porque hablar sobre su entorno, es algo innato para el hombre. Entonces si me preguntás, por qué escribo sobre cualquier tema, es porque soy un ser humano, el producto de la sociedad, que tiene la necesidad de escribir sobre su realidad. 

Obviamente, existe un proceso de crecimiento, y lo podemos ver en autores ya consagrados.  Alguna vez, alguien me dijo: no podés cantar las derrotas de tu pueblo, si aún no has cantado tus propias derrotas, las íntimas. Si querés lanzarte al ruedo de un solo, y pretendés ser el portavoz de los sin voz, ahí ya cometiste un gran error, porque lo primero que debés hacer es encontrar tu propia voz. Y creo que, en ese proceso, de querer ser más consciente de mi entorno, fue cuando comencé a investigar sobre la historia de mi país, a partir de cuestionamientos como: ¿quiénes fueron sus primeros poetas?, ¿por qué a esta ciudad le gusta mucho el fútbol?, ¿por qué nuestra sociedad es violenta?, etc. Y mi manera particular de acercar esa realidad a los demás, no es vía, propiamente, filosófica, no es vía jurídica, sino literaria, bajo las claves de la literatura. Y, ¿cuáles son estas claves?, partiendo de cómo entiendo la literatura: la Literariedad, el tipo de lenguaje, intencionalidad, dotar a los protagonistas de una visión humana. Algo que no es nuevo, que no lo estoy inventando.

A mí me interesó bastante, como lectura clave, el poema de Manuel Flores: La onda está así, va. Y dije, es que así empieza toda sociedad. Si leés el texto, aunque creo que ya lo conocés, en algunos pasajes, el poema te caga de risa, es cómico. Y, ¿cómo inicia la crítica a la sociedad desde los antiguos griegos?: con la comedia. Y si recordás, algunos personajes trágicos que aparecen en las obras de comedia, hacen que uno se cague de risa. Yo pensé, vaya, hacelo a la inversa. Porque esa es la literatura. Yo, como te repito, no estoy inventando nada. Yo solo vi el texto de Manolo Flores, y dije, si él puede hacerlo de esa manera cómica, voy cambiarlo por una manera trágica, lírica, solemne, -entre comillas ese solemne, verdad-. Porque si el encontró ese lado cómico que también es parte natural del lado humano, yo creí necesario mostrar ese otro lado.

De ahí, cuando fui descubriendo otros textos como el de Manolo, observé que estaba ocurriendo lo mismo que en la literatura Costumbrista, con el personaje campesino, como lo menciono en «Parnaso…», donde se buscó el cambio de protagonista, de una poesía, bien modernista, bien cuidadosa en el aspecto formal, a otra que tiene en el centro al mayor desfavorecido. Una que comienza a darle voz. Y claro está, los primeros intentos, fueron malos, sucios. Pero vendrá Arturo Ambrogi, y le pondrá una trama a la vida de ese personaje campesino, y vendrá mucho después, Salarrué, que le dará ese toque literario que retrata el lado más humano de ese personaje, con una perspectiva que trasciende más allá del lenguaje, su forma comunicativa, o su vestimenta.

En fin, es todo un proceso. Pero si debo mencionar el motivo principal es que otros puedan accesar a esa realidad, que los golpeara.

Vladimir Amaya junto al escritor Alberto López Serrano.

JL: Hasta el momento ya nos ha mencionado algunos motivos que incidieron en usted para escribir sobre este tema. Pero, ¿alguno de estos textos está vinculado con una experiencia personal que haya tenido? 

VA: Fíjate que comencé con aquello de: no podés cantar las guerras y derrotas de tu país, sin antes haber cantado tus propias derrotas. Y es que muchas personas, incluso en la universidad, creyeron que yo vivía en una zona bien tranquila, porque mi primera poesía era introspectiva. Pero nadie entendía que yo estaba buscándome; que quería saber quién era Vladimir Amaya. Porque vivía una situación personal bien critica en esos años. Y eso hizo que la gente pensara que yo vivía apartado de la realidad, porque veían en mis textos una evasión total. Y no, pues, nada que ver. Yo venía de una zona que llamaban caliente, donde la violencia siempre fue parte de mi cotidianidad. Pero no me iba a enfocar al principio al balazo, a la sangre. Mi búsqueda, era de otra tentativa. Porque yo crecí bajo la sombra de una literatura consciente de sí misma, que en mis comienzos podría hasta parecer un juego, pero un juego lúcido, donde al final me iba encontrar. Después iba a crecer, iba a conocer, iba a regresar a mi infancia, la cual está marcada por la violencia. Y como todo poeta, que se convierte en ese para rayo, que menciona Rubén Darío, los códigos sociales, los códigos culturales los absorbemos, los mezclamos con nuestra sintonía, nuestras aficiones. Como es el caso ese poema que he leído en mis clases y que lo recomiendo, el de Alberto López Serrano, quien siempre ha sido fiel a sus aficiones, a lo que le gusta, y que logró absorber esos códigos culturales, esos hechos históricos relacionados con la violencia, y los combina, para que impacte, para que conmueva, para que haga reflexionar.

Igualmente, mis poemas de esa línea, surgieron, en mayor medida, de experiencias vivenciales, ya sea porque lo leí en el periódico, que lo escuché en la casa, que lo vi en la calle cuando salía a comprar pan, y ahí estaba ya la policía con sus cordones amarrillos. Por eso mismo, yo creo que ya no se puede decir que todos viven evadiendo la realidad. Ahora todo eso te puede pasar en el bus, en frente de tu casa. Ya no existen esos argumentos que hacían contra mí en la U. Porque es tanta la violencia que nos ha golpeado a todos. Ahora mismo puede entrar acá un ladrón. La violencia está en todas partes. Por eso no puedo fanfarronear con que lo dicho en mis poemas es inventado. A mí me han asaltado, a mis papás, a mis amigos, y esos, entre otros sucesos, personalmente me han marcado.

JL: Actualmente, se conoce que muchos de los poetas que se dedican al oficio de escribir, diseñan un procedimiento personal de escritura, al que se rigen previa, durante o posterior a la creación del texto. De ahí que surja la necesidad de conocer si, ¿Existe algún ritual o procedimiento de escritura al que, Vladimir Amaya, se somete para abordar el tema de pandillas en su poesía? ¿En qué consiste ese procedimiento?

VA: Sí, tal como si decidiera escribir sobre camisetas de fútbol o de calcetines. Porque como te repito, yo crecí con una antigua escuela o tradición que te enseña a tener cuidado con lo que se quiere decir, con lo que se escribe o se publica. Y mi proceso de escritura ya está programado, sin importar sobre qué tema escriba. Si quiero impactar a alguien, y que ese alguien, acceda a la realidad que estoy viviendo, primero esa experiencia me tiene que golpear, me tiene que hacer llorar. Y no te miento, hay algunos poemas que, durante el proceso de escritura, he querido detenerme, porque escribirlo me resulta muy doloroso, porque no estoy fingiendo nada. Y te digo, le duele más a quién ha visto y se calla que a aquel que empieza a escribir solo por hacerlo, sin comprender esa situación. Ese es mi primer paso. Si estoy escribiendo sobre un tema social, me tiene que doler, me tiene apuñalar a mí. Si no pasa ese filtro, lo dejo hasta ahí, porque no quiero obligarme a escribir algo que no haya sentido verdaderamente. 

JL: Con base a lo que has mencionado, ese primer paso, bien podría nombrarse como etapa de interiorización, ¿Cuál sería la siguiente?

VA: Después esa etapa, la vomitada, como lo llamábamos en el taller El perro muerto, lo siguiente es pulirlo. De ahí que no estábamos muy de acuerdo con Huidobro, al afirmar que el poeta es un pequeño dios, porque primero hay que ser el diablo también. Porque el poeta tiene que ir quitándole, modificándole, y aceptar que hay palabras que están demás y que no sirven, que son ripio, que eso es hojarasca, que eso ensuciará el texto. Y en el caso especial de estos temas de índole social, evitar caer en el panfleto del siglo XXI, de pensar que es suficiente con mencionar palabras claves para que el interlocutor, bombardeado mediáticamente, entienda a qué hace referencia el poema. Y así es cómo se va armando un buen texto: cuestionándose sobre cada uno de los elementos que contiene. Preguntas tan sencillas como si “x” palabra es la idónea. Y todo ese proceso es mismo al escribir sobre cualquier tema de la vida.

Después, todo es técnica. Alberti por ejemplo le escribe un poema a un futbolista húngaro, un poema muy bueno por las técnicas literarias que el texto tiene. Yo creo que ese es el siguiente paso, después de la interiorización, de la vomitada, es preguntarse sobre la técnica. Y si el poeta no tiene herramientas, o se salta ese paso, y publica su poema, el texto no logrará conmover; tal vez pueda impactar, incluso alguien puede pensar: ¡Qué poema! ¡Qué sangriento! Pero será como estar viendo Noticias 4 visón. Porque el texto no evidencia un proceso, no hay una verdadera comunicación entre el poema y el lector. Insisto, el dolor no es el mismo de aquel que escribe para impresionar, o para que digan: ¡Qué sangriento es ese poema!, que para el que decide primero llorar callado, e interiorizarlo muy bien, antes que decidir escribir sobre ese suceso. Y a mí me ha tocado llorar mucho, y no te lo digo con jactancia, sino con honra, porque ha sido mi dolor también. Cuando la gente llora en silencio, sin aplaudirme al final, en ese momento pienso: al menos ya entendió que es humano, que le duelen las cosas. Y qué bien, si nunca ha vivido la violencia tan cerca y aún mejor si ve su mundo y dice, hay alguien que a través de la literatura me ha acercado a un mundo que conozco, y que ahora lo veo desde otra perspectiva. 

JL: En sus libros hemos rastreado un total de siete poemas en los que aborda el tema de pandillas. De todos ellos, ¿Cuál cree que es el mejor poema? ¿Por qué lo considera el mejor?

VA: Creo que [poema “no identificado”], el que lleva un epígrafe de Cetina, para hacer ese enlace entre lo clásico y el contexto actual, violento; pero también el de la descuartizada: Y cómo te reconstruyo ahora y Cábala inhumana. El primero porque nos acerca al mundo violento y caótico del pandillero; el segundo porque el poema representa a quién ha sufrido el golpe; y el último porque, cualquiera pueda pensar: ¡es que esos hijos de puta!, pero nadie busca observar más allá, para reflexionar sobre toda esa herencia dolorosa de la familia. 

Esos tres poemas nos acercan al fenómeno desde diferentes perspectivas: el que lo ha sufrido de manera espantosa; el otro que muestra esa visión de la violencia heredada desde una manera más antropológica; y el texto que nos muestra el despotismo violento del personaje, y que, a pesar de alcanzar pasajes de ternura, nos dice de forma incisiva que, si no se obedece a lo que ellos dicen, la situación no terminará nada bien. Esos tres poemas, creo que son los mejores logrados. 

JL: Según Erick Tomasino (2016), uno de los riesgos que corre este tipo de poesía es convertirse en una literatura del morbo o de superficialidad, en la que no es posible comprender el fenómeno de las maras en su contexto específico. En ese sentido, ¿Cuál cree que debe ser la función principal de este tipo de poesía? 

VA: La de toda poesía. Y es que cuando vos le ponés cosas así, es como si intentaras darle un apellido a la poesía. Y la poesía no debe tener apellidos. La única función de un poema de amor, es conmover, que la gente diga: ¡mirá qué bonito ese poema!, ¡cómo lo dijo!, ¡con las palabras que jamás creí, ha hecho un poema de amor! Lo mismo, que digan: yo vivo en un país violento y jamás me he puesto a pensar en cómo vive un pandillero. Porque uno ve a uno de ellos, y se acuerda del reloj que le robaron, que le amenazaron de muerte, que le echaron de la colonia donde vivía. Pero después de escuchar un poema como estos, lo que uno quisiera es que piensen, ¡es cierto!, yo al menos, tuve educación, yo al menos tuvo esto. Y después, eso te hace meditar, ¿quién es el verdadero malo?, y llegás a una situación demasiada sucia, espantosa. De cómo nos han venido manejando. Y si me permitís mencionar otro poema, sería La bestia del amor, aunque el tema de mara, solo se menciona en un pasaje muy breve del texto, pero que es como una pequeña pieza en todo el rompecabezas.

Entonces, creo que el objetivo de esta poesía, podrían mencionarte algunos: es poner en evidencia cómo es golpeada nuestra sociedad por la violencia, que la gente vea cómo son de sanguinarios los mareros, que estamos perdidos. Pero no, he crecido pensando que la verdadera poesía, te hace reflexionar sobre los hechos, y te obliga a ver la misma situación desde varios puntos. Ya no existís vos nada más, sino que existís con toda esta gente, sos parte de algo, sabés que algo anda muy mal. Por lo que dicen este tipo de poemas, sabés que algo anda muy mal. Por eso, la función de estos poemas es humanizar, viejo. Puede ser que esté equivocado, pero lo mantendré. Porque como cualquier tipo de poesía que te acerca a la realidad, religiosa, natural o social, creo que esta poesía debe humanizar, y hacernos reflexionar en posibles soluciones, pero desde otras trincheras más factibles. Desde otras trincheras de la acción. Porque un poema jamás salvará al mundo. Pero si puede obligarte a reflexionar sobre realidad en que vivimos.

[Continuará...]


Para conocer la segunda parte de esta entrevista puedes dar un vistazo en este enlace: ENTREVISTA - Vladimir Amaya, a propósito de literatura que aborda el tema de pandillas [Parte 2].

Agradecimiento especial por la fotografía a Alberto López Serrano.

Escritor Jorge Alberto López

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